Siempre quise vivir en una gran ciudad.
Desde pequeño llegó esta sensación en la que todo me parecía lo mismo, creo nació en algún punto en algún estado cuyo edificio más grande tenía 4 pisos. Aburrido. Sin sueños.
No recuerdo bien cuál fue la primer película que llegué a ver en mi vida, pero sí recuerdo la gran influencia de ver ciudades como Nueva York y San Francisco en la pantalla. Todas las personas con prisa, usando abrigos color crema, algunos con sombreros y en la mayoría de veces, con paraguas por el mal clima de la isla corporativamente artística.
Al día de hoy no conozco aquellas ciudades, no he recorrido a pie sus calles y tampoco he probado lo que es un hot dog a las 3 de la mañana, así que no he reforzado ninguna fantasía y mucho menos he roto una burbuja con la realidad de éstas, pero sí estoy viviendo en la bella y caótica Ciudad de México.
Con solo asomarme por mi ventana puedo ver miles de vidas con distintas historias, como varios coches recorriendo el segundo piso de periférico con prisa por llegar a su destino. Quizás van a una cena con amigos, su primera cita, a terminar la relación con alguien, quizás verán a sus amantes o están camino a su trabajo que por alguna razón los requiere de un sábado a las 11 de la noche; He sido esa persona. He pasado por muchos trabajos en esta ciudad, así como por distintas paredes en distintas casas o edificios verdes, azules, grises y rojos que se encuentran en el centro, en el sur, en el poniente e incluso aún más lejos, donde ya no es la ciudad pero sigue siendo cdmx.
He llorado en uno de esos autos que están recorriendo la avenida, así como también he ido de la mano con alguien que alguna vez pensé sería mi futuro. Me alegra decir que la mayoría ha sido con amigos hablando del amor, familia, viajes, los «posibles algo», trabajo, estrés laboral y mala paga. En algunas ocasiones fue camino a hospitales, velorios y bodas.
Hace algún tiempo, en mi día libre del trabajo, había salido de una entrevista para otro trabajo por polanco, por lo que para mi regreso estaba entrando al sistema de transporte público más utilizado de la ciudad y una persona se cayó a unos metros de mí. Por alguna razón me dio mucha risa. La persona en cuestión se percató de mi reacción, se acercó, me saludó, me dijo que tenía una sonrisa bonita y me preguntó si tenía tiempo o si podíamos caminar por un rato. Como un pequeño contexto, antes tenía la costumbre de ponerme en situaciones extrañas y peligrosas, por nunca pensar en lo peor que podía pasar o quizás la vida no me importaba tanto en aquel entonces, y claro que aquella vez fue una de esas ocasiones, por lo que dije que sí.
Estuvimos caminando por la avenida horacio hasta encontrar un café, platicamos sobre quiénes éramos, lo que nos gustaba y cómo teníamos esperanza de una vida distinta. Siempre me pareció tan sencillo hablar con extraños. Al despedirnos me regaló un libro que traía en su mano y tiempo después descubrí tenía escrito su número en el reverso, cosa que jamás me percaté del momento en que lo había anotado. Debo admitir que al día de hoy nunca llamé.
Esa es una de tantas historias que he vivido en esta ciudad. Historias que me encanta contar, otras que rara vez compartiré.
Con la independencia y el tiempo, mi perspectiva sobre los lugares fue cambiando y descubrí que no es el lugar, ni las personas… siempre fui yo quien tenía la decisión de hacer que mi vida fuera distinta o aburrida. Al final solo es cemento, madera y aire.
No sé cuántos desamores voy a vivir, tampoco sé cuántas veces me van a romper el corazón. Desconozco cuántas peleas tendré con mis mejores amigos y tampoco sé cuántas veces me voy a reconciliar con mi familia, si es que algún día esos puentes no se queman por quinta vez, quizás algún día dejaré de construirlos y solo me iré. Aún no sé.
Antes sentía un llamado para hacer y crear tantas cosas, pero la luz de esta ciudad dejó de brillar hace un tiempo. Parte de mí quiere seguir «romantizando» cada sonido que escucho a la distancia, pero siento que otra vez me he quedado sin hogar.
¿Aún hay lugar para mí?