De la combinación de hojas y brotes, nació la calma, una aceptación de mi presente. Solo así descubrí que en realidad también existen los frutos, la manzanilla y la tila.
Como un cuadro, siempre pensé que el color azul me definía como una pintura profunda, cuando en realidad, lo que mis trazos gritaron fue la necesidad de colores que dieran fuerza a mis pulmones. Fuerza para soltar aquel polvo atorado en mis vías y dejar que el oxígeno llegue a mi cerebro, para expandirme y dejar de contraer mi persona.
Hace tiempo que mi carne dejó de ser azul y también desde que pinté de blanco y negro todo mi cuerpo, aquella vez que decidí que la tristeza era parte de mi vida y que el caos era mi estado natural, sin embargo, el rosa llegó.
Mi calidez se hizo presente, una estabilidad que no había conocido. Solo había tenido una prueba falsa en amores pasados, que sólo me enseñaron lo difícil que es seguir caminando cuando deciden quitarte el piso y te dejan caer al mar, sin salvavidas.
Una estabilidad falsa.
Hoy en día sigo en el mar y no me estoy ahogando. Aprendí que puedo surfear en las mareas que llegan en cada tormenta que se forma y que puedo patinar sobre el hielo cuando el invierno se hace presente.
Hay diferentes maneras en las que puedes disfrutar del frío y existen mil maneras más para pasar una tarde romántica contigo mismo en la lluvia.
Por primera vez puedo sostenerme con fuerza, abrazarme con gusto, disfrutar conmigo mismo y decir, esta es una buena vida, y es la mía. Es mi vida, mi fortuna, mi futuro, mi tiempo, mi malteada de galletas de chocolate, mi tarde de escuchar mis álbumes favoritos y de jugar videojuegos online con mis amigos.
Y no, no pienso soltarme. Pienso compartirme, porque nada mejor que saborear una victoria en un juego de mesa o debatir teorías de las películas más alocadas que existen.
Mi corazón está feliz, seguro, protegido y abierto.